Durante la primera mitad del siglo XIX, el traslado de pasajeros entre Santiago y los puertos se realizaba en carretas de bueyes y en galeras de cuatro ruedas tiradas por caballos. El camino era de tierra y ripio, sin puentes permanentes sobre los ríos principales, por lo que el cruce dependía de vados o de balsas. Un viaje Santiago–Valparaíso podía tomar entre 24 y 48 horas según la estación del año y el caudal de los esteros.
Las diligencias o galeras incorporaron por primera vez un concepto que sigue vigente: el horario de salida fijo. El vehículo partía a una hora determinada aunque no estuviera completo, y el pasajero pagaba una tarifa diferenciada según fuera «interior» o «exterior» del carruaje. Esta lógica de tarifa por categoría de asiento es el antecedente directo de la clasificación actual entre Semi Cama y Salón Cama, explicada en tipos de asientos.
Dato técnico
Una carreta cargada avanzaba entre 15 y 25 km por jornada. La pavimentación moderna permite velocidades comerciales promedio de 80 a 90 km/h en la Ruta 5, es decir, un factor de progreso superior a 30 veces en dos siglos.
El tendido del ferrocarril hacia mediados de siglo reemplazó a la diligencia en los corredores de mayor movimiento, pero no la eliminó: los ramales secundarios y las zonas sin vía férrea siguieron atendidos por vehículos de sangre hasta bien entrado el siglo XX.